En algún momento de la evolución de la vida, las células procariotas evolucionaron para dar luz a las células eucariotas. Éstas, entre otras innovaciones, incorporaron posiblemente mediante endosimbiosis, en su estructura interna a las mitocondrias: las “fábricas” de energía que toda célula necesita para mantener sus funciones vitales en funcionamiento. La célula eucariota es más compleja que la célula procariota y empieza a desarrollar un proceso de crecimiento basado en módulos: unidades autónomas que se coordinan con el conjunto del sistema. La presencia del módulo mitocondrial es el ejemplo más evidente.
De forma análoga, en la estructura productiva de una empresa es posible incrementar la complejidad de la misma a partir de adiciones sucesivas de módulos productivos coordinados con el conjunto. La cadena de suministro (“Supply Chain”) se hace más compleja a partir de la integración sinérgica de módulos en el conjunto. Es una estrategia obvia de crecimiento mediante unidades autónomas que no comprometen el conjunto pero sí lo hacen más robusto. Incorporar, por ejemplo, una planta de cultivo de algas para captar el CO2 generado en el consumo energético de una cementera, tal y como diseñó y aplicó la mexicana CEMEX en España hace años, es un buen ejemplo de ello. El módulo no compromete la operatividad del resto, pero la optimiza.
En este caso concreto, el conjunto resultante con este módulo adicional es más complejo, pero la adición o retirada del módulo no compromete su viabilidad. Cuando el módulo incorporado sí incrementa sustancialmente la eficiencia del conjunto, se habla de “módulos tractores” que cambian sustancialmente la situación. Es el caso, por ejemplo, de las antiguas máquinas de vapor o de los actuales microchips para múltiples aplicaciones. Su incorporación modular no solo fortalece el conjunto sino que dispara la diversidad de soluciones viables. Exactamente como las mitocondrias ayudan a la diversificación de múltiples tipos de células eucariotas, abriendo nuevas rutas para la evolución.


